12 de noviembre de 2015

Gracias a vos, Lorrie

(publicada en Brando de noviembre)

Lorrie Moore, Gracias por la compañía, Seix Barral, 2015.

La distribución en la Argentina del último libro de cuentos de Lorrie Moore es quizás la noticia literaria del año. En la última década larga, tan sólo su novela Al pie de la escalera circuló entre nosotros. Las obras maestras de esta norteamericana nacida en 1957 (la novela Hospital de ranas y los libros de cuentos Autoayuda, Como la vida misma y Pájaros de América) fueron editadas por Emecé a fines de los años noventa y principios de los 2000, y convirtieron a Moore en lo que es también en todo el mundo: el secreto mejor guardado de la literatura de las últimas décadas.
La narrativa norteamericana del siglo XX es probablemente uno de los grandes momentos de la historia del arte, tal como lo son la pintura italiana del Renacimiento o la música alemana de los siglos XVII a XIX. Lorrie Moore es la frutilla en el postre de esa gran tradición que incluye a Hemingway, Faulkner, Salinger, Cheever, Flannery O’Connor, Carson McCullers y Carver, entre muchos otros. Sus ficciones, ancladas en esa épica de las pequeñas cosas típica de la literatura norteamericana, empalman también otra tradición: la de aquellos escritores más extraños, como Nabokov o Pynchon, más preocupados por los juegos de lenguaje. Moore aúna de manera maravillosa ambas vertientes: sus cuentos tienen fuerza narrativa pero también son un canto.
Con sólo siete libros publicados en treinta años. Moore se toma su tiempo para escribir, y eso se nota. Sus protagonistas son antiheroicos: mujeres dislocadas y hombres débiles sin demasiado brillo profesional pero, generalmente, poseídos por un ingenio melancólico que los desnuda en epifanías deliciosas. La contratapa de esta edición de Seix Barral dice que el estilo de Moore nunca es sentimental, y uno diría más bien todo lo contrario: todo es sentimental en Moore. Una cena de recaudación de fondos para una revista literaria o un masaje con piedras calientes pueden disparar el desgarro existencial, narrado siempre por Moore a partir de delicatessen luminosas: un recién separado que no puede sacarse el anillo de bodas y que casi termina detenido por incendiar un quincho mientras intentaba quemar su traje de casado o un hombre que cree que su interlocutora ocasional tiene una belleza exótica cuando en realidad padeció una cirugía estética total después de ser víctima del atentado contra el Pentágono.
Leer a Lorrie Moore es algo más que leer literatura: es una experiencia que nos trastoca, porque sus cuentos logran situarnos en este barco trágico y misterioso en el que estamos todos, el de la condición humana. La reseñista Erica Wagner lo dijo muy bien en el Financial Times: “Gracias por la compañía nos recuerda que la ficción tiene el poder de recrear el mundo e iluminarlo de tal forma que consigue que nos veamos a nosotros mismos y lo que nos rodea como si fuera la primera vez. Leer estos relatos es una experiencia intensa, inquietante y extremadamente gratificante.”
Las ilusiones esteticistas del siglo XX mueren con Lorrie Moore. No casualmente, su primer libro se llamó, un poco irónicamente, Autoayuda: lejos del divertimento vacuo y del esnobismo intelectual, Moore hace un esfuerzo sobrehumano para tratar con respeto mágico ese gran invento que nos hace ser lo que somos: el lenguaje. Y el lenguaje, como en las cavernas, en las religiones y en las terapias, nos sirve para entendernos un poco mejor y también, por qué no, para darnos fuerzas. Imbuida de ese cóctel tan norteamericano que forman la atención material a los detalles y las inquietudes espirituales (materialismo + mística), la literatura de Lorrie Moore es literatura de autoayuda para gente culta. La decepción amorosa, el letargo matrimonial, las crisis de la edad mediana, la paternidad y la maternidad, el cáncer (los dramas de la clase media) son narrados por Moore con crudeza imposible, con solemne banalidad. En tiempos en que la corrección política puede convertirse en una hipocresía moral ilustrada, varios de los cuentos de Gracias por la compañía (como ya ocurría en Al pie de la escalera) usan como escena de fondo las incursiones guerreras norteamericanas en Medio Oriente. Moore, nunca bienpensante pero sí posprogresista como buen alma cultural de esta época, tuerce esos temas para exhibir con amor las contradicciones de sus personajes. Como dice uno de ellos acerca de otra cosa, la literatura de Moore es “una forma sentimental de la historia”.
El gran esfuerzo artístico que Moore lleva a cabo y con el que premia a sus lectores es el de mostrar al ser humano sin adornos complacientes pero sin innecesaria crueldad, con ternura y sin cinismo. Uno, que la lee con devoción religiosa, se lo agradece eternamente.


11 de noviembre de 2015

Talleres de escritura creativa: diciembre y enero

Los talleres de escritura creativa son una experiencia de estímulo y trabajo en relación con la escritura. Son reuniones semanales, en grupos de entre 6 y 10 personas. La base de trabajo son los textos que cada uno trae desde su casa y que se leen durante la reunión. Yo propongo consignas y lecturas para ayudar a producirlos, y la idea es ayudar a encontrar tema, tono y género a través de los comentarios grupales.

Diciembre 

Lunes de 19 a 22 (empieza el 14/12)
Martes de 19 a 22 (empieza el 1/12, CUPO COMPLETO)
Miércoles de 10 a 12:30 (empieza el 2/12)
Miércoles de 19 a 22 (empieza el 2/12, CUPO COMPLETO)
Viernes de 10 a 12:30 (Palermo, empieza el 4/12, CUPO COMPLETO)
Sábados de 10 a 12 (empieza el 5/12)

Todos salvo el del viernes son en la zona de Tribunales, y el costo es de 700 pesos.

Enero

Abriré los mismos grupos de escritura, y se sumarán los de los jueves a las 19 y sábados a las 18.

Los talleres de lectura de enero consistirán en dos encuentros quincenales. Leeremos El Reino de Emmanuel Carrère y Las Némesis de Philiph Roth. Habrá dos grupos y el costo será de $400. Grupo 1: viernes 8 de enero y viernes 22 a las 19. Grupo 2: viernes 15 y viernes 29 a las 19.

Informes e inscripción: santiago.llach@gmail.com

28 de octubre de 2015

Generaciones que navegan entre dos pogos

Vuelvo en taxi por la avenida Santa Fe, un viernes caliente de invierno a la noche, con mi hija Benita. Ella va mirando por la ventana izquierda. Tiene 12: tiene puestos short, borceguíes prestados por la madre y sombra en los ojos. Volvemos del baile de su grado, séptimo. Benita es una nena, todavía, hoy disfrazada de mujer, y ve llegar con ansiedad, sorpresa, temor y entusiasmo el muro del coming of age. En los mediodías sale sola a almorzar con las amigas, y descubre la ciudad. Los sábados, a veces, va al Recoleta Mall con sus viejas amigas del primario o con sus nuevas amigas de este año de ingreso a los colegios secundarios de la UBA. Es su era de la transición, la era de la pérdida de la inocencia, la era brillante e intensa del pase de postas. Benita tiene unos ojos celestes amorosos y ávidos, es una creadora de lazos, es firme y, claro, caprichosa. 

Le pregunto qué tal la fiesta y me dice: "Malísimo el DJ. No pasó «Jijiji» ni «De música ligera»". Y yo, por supuesto, vuelvo de un golpe musical, veinticinco años atrás, a mi aleph personal donde figuran un bar a la calle en Canasvieiras, Santa Catarina (Brasil), los estadios de Vélez, Racing y el Mundialista de Mar del Plata, el Autopista Center de Floresta, una fiesta en San Fernando, un verano en Miramar. lugares donde esas canciones quedaron para siempre sonando en mi memoria emotiva. Pero antes, por un segundo, como el crítico literario amargado del cuento "Una bala en el cerebro" de Tobias Wolff, que en el último instante recupera el momento mágico de los 13 años en el que descubrió la poesía cuando se quedó colgado con un error gramatical de un amigo, me fijo en la aliteración de esa dupla de canciones: li-ge-ji-ji-ji. 
Sigue acá.

21 de octubre de 2015

Talleres de lectura y de escritura creativa: noviembre y diciembre

Talleres 2015. Lectura y escritura creativa, noviembre-diciembre


Taller de lectura: Lorrie Moore, Ricardo Piglia, Jorge Luis Borges


Encuentros de conversación acerca de un libro. Dos grupos.


  1. Gracias por la compañía, de Lorrie Moore: viernes 6 de noviembre / martes 10 de noviembre.
  2. Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia: viernes 20 de noviembre / martes 24 de noviembre.
  3. Selección de cuentos de Jorge Luis Borges: viernes 11 de diciembre / viernes 15 de diciembre.
  4. Cierre del año: más Lorrie Moore: viernes 18 de diciembre / viernes 22 de diciembre.


Horarios: Grupo 1: viernes de 19:15 a 21 (cupo completo). Grupo 2: martes de 17 a 18:45.
Lugar: Tribunales
Costo: 700 todo el curso
Información: santiago.llach@gmail.com


Talleres de escritura creativa
Diciembre
Cinco grupos semanales: martes a las 19, miércoles a las 10, miércoles a las 19, sábados a las 11, sábados a las 18 (este último es de lectura y escritura de poesía).
Todos en zona Tribunales.
Costo $900


Enero
Grupos varios; consultar horarios.


27 de julio de 2015

Talleres desde agosto: de escritura, en Florida y Tribunales; de lectura, autores contemporáneos y rusos

En agosto abro un nuevo grupo de taller de escritura creativa. Es en Florida y dura hasta noviembre. Hay algunas vacantes también en otros grupos, y en septiembre y octubre haré dos talleres de lectura: de autores rusos y de contemporáneos.


Talleres de escritura creativa


Nuevo grupo, quincenal, sábados de 18 a 20 en Florida ($450 por mes).


Avanzados: sábados a las 10 en Tribunales, quincenal ($400 por mes)


Hay varios grupos ya funcionando en distintos horarios, todos en Tribunales. En algunos de ellos hay vacantes. Consultar a santiago.llach@gmail.com.


Taller de lectura de ficción contemporánea: Junot Diaz, Bruce Elliott, Alfred Hayes, David Foster Wallace


Encuentros de conversación quincenales acerca de un libro.


  1. Así es como la pierdes, de Junot Díaz: viernes 11 de septiembre.
  2. Mi ángel tiene alas negras, de Elliott Chaze: viernes 25 de septiembre
  3. Salvapantallas, de Luis Chaves: charla con el autor, lunes 28 de septiembre.
  4. Mi perdición, de Alfred Hayes: viernes 9 de octubre.
  5. Hablemos de langostas, de David Foster Wallace: viernes 23 de octubre.


Dos grupos: viernes de 19:15 a 21
Lugar: Tribunales
Costo: 700 todo el curso
Información: santiago.llach@gmail.com


Rusia, decime qué se siente: taller de lectura de autores rusos


  1. Guerra y Paz, de Lev Tolstoi, volumen 1 y volumen 2, partes 1-3: viernes 18 de septiembre.
  2. Guerra y Paz, de Lev Tolstoi, volumen 2, partes 3 y 4, y volumen 3: viernes 2 de octubre.
  3. Guerra y Paz, de Lev Tolstoi, volumen 4 y epílogo: viernes 16 de octubre.
  4. Evgueni Onieguin, de Pushkin (selección) y otros poemas rusos: viernes 30 de octubre.  


Horario: 19:15 a 21
Lugar: Tribunales
Costo: 700 todo el curso
Información: santiago.llach@gmail.com

Taller de lectura y traducción de poesía (coordinado junto a Jennifer Croft)
Leeremos (en inglés) una selección de poesía norteamericana y de Europa Central y haremos ejercicios de traducción. No es necesario ser un especialista ni tener un conocimiento superior del inglés.

Sábados 12 y 26 de septiembre y 10 y 24 de octubre.
Horario: 18 a 20
Lugar: Tribunales
Costo: 700 todo el curso
Información: santiago.llach@gmail.com

Taller de escritura creativa para adolescentes, coordinado por Lucila Pinto y Lautaro Lamisovski. Miércoles a las 19, en Palermo. Consultas a palermo.taller@gmail.com.

22 de julio de 2015

Llegan los lugares comunes



Voy en un auto prestado por la avenida Figueroa Alcorta, un sábado a la noche, a buscar a mi hija Benita a su primer baile. Manejo el auto que me prestó mi ex mujer; ella dio por sentado que yo escuchaba Aspen cuando me explicó cómo se controlaba el equipo de música desde el volante. Suenan, al hilo, tres bandas cacofónicas: los Cutting Crew, los Counting Crows y los Crowded House: sonidos perdidos que viajan desde fines de los ochenta y principios de los noventa directo al centro de mi corazón actual.
¿Qué es lo que hace la música con nosotros? ¿Por qué la escuchamos? Nietzsche, romántico, dijo que la vida, sin música, sería un error. Heidegger, otro alemán intenso y complicado, completó: “La música es algo en lo cual la verdad se ha puesto a sí misma a trabajar”.
Hace poco, alguien hizo estadísticas con los datos de Spotify, y la conclusión principal fue que la gente deja de escuchar música nueva, como promedio, a los 33 años. Yo pasé largamente esa edad, y también esa estadística: a todos mis alumnos cool de veintipico y treintipico les digo que las bandas inglesas que escuchan se copian de U2.
Parece que, con los años, llegan los lugares comunes: parece que fue ayer cuando iba con mis amigos por Figueroa Alcorta, un sábado a la noche, vagabundeando por la ciudad, ese mapa lleno de atracciones disponibles para nosotros, descubridores enérgicos, plantadores de los mitos (esa chica, esa fiesta, ese recital) que con los años serían enredaderas gigantes adentro de nuestras cabezas, boyas luminosas en el mar temible de nuestros recuerdos. Ese sábado de principios de los noventa escuchábamos, quizás, en un cassette de la hermana mayor de uno de mis amigos, Mr. Jones de Counting Crows u otro tema de una maravilla de un solo éxito de aquel verano que fue nuestro.
Hoy llegaron, finalmente, los años apacibles. Me convertí en eso que antes tanto me resistí a ser: en mi propio padre, con las variantes genéticas y epocales del caso. Soy apenas el hombre gris que va en el lugar del conductor, el fantasma del pool, un señor rutinario, el que oye atrás las voces de los hijos y sus amigos, las melodías de la vida que se abre paso.
Cuando van conmigo, Benita quiere escuchar Aspen, y León Radio Clásica. Un estudio de la Heriott-Watt University de Edimburgo concluyó que se pueden deducir las personalidades a partir de los estilos musicales que cada uno escucha. Los fanáticos de la música clásica tiene alta autoestima y son creativos, introvertidos y relajados. Los fanas del pop tienen también alta autoestima, pero son trabajadores, extrovertidos y amables, aunque no son creativos y son más inquietos. Borges, mi maestro ético y estético, me enseñó a desconfiar de estas clasificaciones.
Yo trato de mantener el equilibrio en la lucha por el dial; de todas formas, el casalito dirime civilizadamente sus diferencias. Me admiro, sí, del amor de mis hijos por esos distintos repertorios musicales del pasado: qué buscarán en ellos. A veces creo saberlo todo sobre León y Benita, pero estoy seguro de que algo se me escapa.
Atrapado en la campana de cristal quebrado de mi barrio medio suizo, medio carioca (Vicente López), yo quise ser rockero. Pero me quedé en el intento cuando demoré en comprarme un bajo y mis amigos Gonza y Lario me echaron de la banda; hoy el primero es baterista profesional y el otro descuella con la guitarra en los asados. Mis hijos, en cambio, tocan instrumentos hace años: Benita la batería y el piano; León la guitarra y el violín. Otra vez un paper publicado por una universidad escocesa viene en mi auxilio y me deja tranquilo como padre: es la de Saint Andrews, donde concluyeron que practicar un instrumento en la infancia está asociado a una mayor habilidad verbal y a un mejor razonamiento no verbal.

No es eso lo que me importa ahora: ahora, mientras manejo por Figueroa Alcorta, suena I want to know what love is de Foreigner y me acuerdo de una chica escocesa, la primera que me rompió el corazón: estallidos emotivos del pasado lanzados contra la meseta de estos años de soltería prudencial. Pero no es esa chica la que me importa, quizás, pienso mientras llego a mi destino, donde una fila larga de autos estacionados en doble fila espera con las luces de posición prendidas. Me ubico en el último lugar, me bajo y cierro el auto, pero dejo Aspen también prendida. Me acerco al grupo de padres y saludo a alguno con un ligero cabezazo hacia arriba. Benita se fue a cambiar a lo de una amiga; tiene doce años y temo no reconocerla.

Publicado en la revista Brando, número de julio de 2015.

15 de julio de 2015

Adiós al kirchnerismo (poema de Martín Wilson)




Nos estamos yendo todos juntos de la mano.
Esto sigue siendo una despedida.
Pero tal vez volvamos y seamos millones,
Volvamos a nuestra tierra, a Europa, a las Malvinas, 
No podemos echarle la culpa a nadie.
Estamos despegando.
¿Las cosas volverán a ser como eran antes?
Pasaron tantas cosas 
inolvidables, en vez de muro de berlina tuvimos grieta
cómo cogimos con el kirchnerismo

Estamos en tiempo de descuento,
en la cuenta regresiva final?
Cómo tomamos pala
qué festín
qué rico el cordero que cagamos de hambre
para que esté más tierno.
qué fiesta.
Cómo garchamos, 
cuántos forros que importamos.
 
Estamos encarando hacia Venus
con la frente alta.
porque tal vez que nos vieron
y nos den la bienvenida otros seres
otros marcianos de la militancia
Con tantos años luz por delante
y tantos cosas por encontrar
estoy seguro de que la vamos a extrañar.

Estamos en tiempo de descuento,
es la cuenta regresiva final?
dale a la batería
exagerá la guitarra, usamos pelos corto
pero parecía que agitábamos las chapas
Nos vamos para siempre?
fuimos zombies?
inventamos otro curso del arte de vivir.
es la última cuenta regresiva?
Esto sigue siendo una despedida.
Periodistas, militantes, rubios, monos, gorilas
tuitstars, actores, artesanos, artistas
opositores, turistas, inglese, contrabandistas:
cómo cogimos con el kircherismo.
como creció el cachet de muchos artistas;)
Estamos en tiempo de descuento?
la banda sonora para todo esto
tal vez era otra:

Sigamos la Moskva Down hasta Gorky Park siempre

2 de junio de 2015

Talleres de lectura: rusos y ficción contemporánea. Julio y agosto.

Taller de lectura de ficción contemporánea: Murakami, Márai, Busquets, Houellebecq


Encuentros de conversación quincenales acerca de un libro.


  1. Hombres sin mujeres, de Haruki Murakami: viernes 17 de julio
  2. La herencia de Eszter, de Sándor Márai: viernes 31 de julio
  3. Sumisión, de Michel Houellebecq: viernes 14 de agosto
  4. También esto pasará, de Milena Busquets: viernes 28 de agosto


Horario: 19 a 21
Lugar: Tribunales
Costo: 750 todo el curso


Rusia, decime qué se siente III: taller de lectura de autores rusos


  1. Almas muertas, de Nikolái Gógol: viernes 10 de julio
  2. Vida y destino, de Vasili Grossman: viernes 24 de julio y 7 de agosto
  3. El idiota, de Fiódor Dostoyevski: viernes 21 de agosto y 4 de septiembre


Horario: 19 a 21
Lugar: Tribunales
Costo: 900 todo el curso


Talleres de escritura creativa: hay ocho grupos ya funcionando, en distintos horarios; hay algunas vacantes para alumnos no principiantes.


Taller de escritura creativa para jóvenes y adolescentes, coordinado por Lucila Pinto y Lautaro Lamisovski. Miércoles a las 19, en Palermo. Consultas a palermo.taller@gmail.com.

9 de abril de 2015

Caballos salvajes

(Publicado en revista Brando de abril)

Cuando todavía no eran momias, en el 95, los fuimos a ver con mi hermano Tito; él tenía catorce y yo veintitrés. En mi familia la forma de amar era a través de las ideas, de la discusión: había que tener una idea sobre el impuesto a la tierra, sobre el fin de la Unión Soviética y sobre los arbitrajes del fútbol argentino. Éramos cuatro hermanos varones, éramos de la quinta que había visto el Mundial del 90. Nos habíamos empoderado con el demonio de Maradona en la cabeza, saliendo a cubrir la furia adolescente andando en bicicleta por las calles medio suizas, medio cariocas de Vicente López. En el largo corredor que hacía de patio de casa, como potrillos domésticos, jugábamos a la pelota con Lucio, el jardinero, que tenía un primo que estaba en la sexta de Platense, donde soñábamos con irnos a probar; cruzábamos para acá y para allá la General Paz, buscando a alguna novia, como un símbolo de los bloques de cemento que tendríamos que cruzar, los bloques de ideas que había que romper.
Mi viejo presidía la mesa como un monje melancólico; traducía sus emociones como fórmulas de la ciencia oscura y social. Había querido ser novelista y había surfeado los motivos de la Argentina peronista y socialista, las ilusiones de la Tendencia revolucionaria; en su cabeza sonaba todo el tiempo Cosi fan tutte, “Así hacen todos”, la ópera bufona de Wolfgang Amadeus, la locura desatada de la música clásica, contenida pero zarpada, delirante pero elegante.
Mi mamá leía, leía todo el tiempo. Nunca en mi vida la vi poner un disco, ni la radio. Le gustaba la procesión de las letritas, una procesión europea de Tolstois, Prousts y Flauberts saciaba su ansiedad de mujer criándose entre cinco varones enrarecidos, enardecidos.
Nosotros, los cuatro, éramos más hinchas de los Beatles, que en el fondo eran como Mozart, genio desatado y contenido. Yo lideraba, por ser el más grande, la revolución musical: la entrada en esa casa solapada de la guitarra, el bajo y la batería; los acordes melenudos. Había heredado dos vertientes. Mi primo paterno, Sabino, tocaba el bajo como un animal; lo echaban de los colegios y grababa con los chicos del metal naciente. Me había dado un cassette TDK, en el 84, para mi cumpleaños número doce, con rock del país: La Torre, Orion’s, Pedro y Pablo y los discos solistas de Charly, que en esa época explotaba su mejor versión. Mi primo materno Mojo usaba chaquetas militares, seineldinistas, y me pasó otro TDK: uno con música disco y rock sinfónico, Marillion, Yes, Floyd, ELO. Yo me crié con esas escuchas secretas, en un walkman gigantesco y blanco: eran los ruidos de un futuro extraño.
Acá, en la Argentina, lo beatle, la música de los sótanos de la clase trabajadora de Liverpool, terminó siendo lo fino, lo aceptable. Y el rhythm and blues de la London School of Economics jaggeriana terminó expresando a los malones, a los chicos crudos de la esquina. Nosotros éramos tranquilos, o eso pensábamos. Cuando mis viejos se iban algún fin de semana, convocábamos grandes líos en la casona del bajo, había excitación christian hippie, pogo con León Gieco en una guitarra criolla que Tito, que iba a ser jazzman y compositor de música contemporánea, rompió afanándose en rasgar en su primera borrachera.
Yo era el responsable del legado, y tenía un secreto: los Rolling Stones. Eran los guardianes del blues oculto; tenían la forma sexual de un jean marcado; había contrabandeado Sticky Fingers en el 88, después de verlo en una lista de los mejores discos de la historia. Siete años después se lo hice escuchar a Tito, antes de salir para River. Una tras otra sonaron las canciones rotas del 71, la tristeza testimonial y glamorosa de los chicos blancos. El fraseo bocón de Jagger, la conversación entre las cuerdas acústicas de Keith Richards y Mick Taylor fueron mi forma de decirle algunas cosas.
Alzados por el rancherismo incivil de los coqueteos reventados de los Rolling con el country en “Dead Flowers”, por la tristeza tóxica de “I got the blues” y la pornografía del dolor de “Sister Morphine”, nos tomamos el 29 y nos fuimos al estadio. Lo que quedaba de esos ángeles oscuros llegó a River: estaban en forma. La industria de los Rolling Stones y decenas de miles de torsos desnudos y melenas noventistas armaron un malón de intriga y capitalismo. Entramos en el medio del pogo, y lo perdí a Tito, pero después lo volví a encontrar; alguien lo había parado en los hombros, él --siempre plástico-- se había tirado y la monada lo traía hacia mí, acostado sobre las manos de la multitud: era el balanceo de la vida demoníaca, dirían Jagger y Richards. Ya no había ideas, ahí. Éramos caballos salvajes.

18 de marzo de 2015

Todo lo que necesitás son los Beatles

(Publicado en revista Brando, número de marzo de 2015)

En su maravillosa Chesil Beach, el novelista inglés Ian McEwan cuenta la última noche antes de que empiecen los años sesenta. No lo dice así; es la noche de bodas de Florence y Edward, dos jóvenes universitarios. En una época en la que “tener una conversación acerca de problemas sexuales era lisa y llanamente imposible”, la noche de amor fracasa con tanto estrépito que se lleva puesto al fugaz matrimonio. El libro le dedica ciento ochenta páginas morosas y delicadas a la narración de esa noche premonitoria, y apenas las quince finales, aceleradas y tristes, al resto de las vidas de sus protagonistas, sombreadas por los cambios furiosos en el paradigma de las costumbres.
La historia --ficcional pero con pistas autobiográficas-- transcurre en junio de 1962. El día seis de esos mismos mes y año --décimo octavo aniversario del Día D, el del desembarco aliado en Normandía--, Los Beatles entraban en los estudios EMI de Londres, todavía con Pete Best en la batería, para grabar por primera vez temas compuestos por John Lennon y Paul McCartney. Dos meses más tarde, los fabulosos cuatro tocaban en público ya con Ringo Starr en la retaguardia: nacía la banda de sonido de aquella revolución de las costumbres.
Esa historia fue contada mil veces, pero sigue intacta. Lo comprobé un sábado de verano, hace poco. Dos chicos entraron a un vagón del subte D de Buenos Aires y dijeron que iban a tocar unos temas. Ejecutaron, con fidelidad alegre, cuatro piezas beatle de la primera época, la época fresca y primitiva, la del asalto a las entrepiernas: “I Wanna Hold Your Hand” y compañía. El público del vagón, buen tester de impactos artísticos, se conmovió íntegro: muchos piecitos se movían al ritmo, y las manitos largaron por un segundo los teléfonos inteligentes, y buscaron billetes arrugados, de dos, de cinco, pero también de diez, en las billeteras.
Los Beatles, tan narrados, tan imitados, tan perfectos, siguen siendo, sobre todo, escuchados, incluso a pesar de ser la banda importante a la que más difícil es acceder en el streaming gratuito. ¿Qué se puede decir sobre ellos? Son ampliamente considerados como el número artístico más grande e influyente de la era del rock, dice Wikipedia, y tiene razón. Hay algo cósmico, misterioso y fatal en ellos, dice Adam Gopnik, redactor de la New Yorker. 1962-1970: fueron ocho años y doce discos de alegría, melancolía e ideología; ocho años de una asociación creativa única que absorbió los cambios de una época intensa. En su trayecto de disco a disco, la humanidad maduró con ellos.
En medio de la tosquedad de clase trabajadora de los primeros y la sofisticación lisérgica de los últimos (Sgt. Pepper…, Abbey Road, Álbum blanco y compañía), lanzaron hace medio siglo Rubber Soul, un escalón repleto otra vez de grandes canciones. Rubber Soul es el momento en que los Beatles toman conciencia de su grandeza. Faltaba poco para que decidieran dejar de tocar en vivo y redoblaran su apuesta. En Rubber Soul empiezan los toques sutiles de George Harrison, como las líneas de sitar que introduce en “Norwegian Wood”, y la banda transforma en oro influencias que estaban en el aire, como el folk rock de Bob Dylan y la armonía vocal pop de los Beach Boys: los Beatles empiezan a dejar atrás la Beatlemanía adolescente y amplían hasta lo desconocido las fronteras de lo que se suponía que debía ser la música popular.

Hoy, la lista de los videos más vistos en YouTube la encabezan “Gangman Style” (¡más de 2000 millones de visitas!) y temas de Justin Bieber, Jennifer Lopez, Eminem y Shakira. Los Beatles no aparecen ni a placé. En alguna medida, porque sus canciones no tienen una versión oficial en YouTube, y quienes las suben ilegalmente son sancionados. ¿Eso significa que a los Beatles no se los escucha tanto? No lo creo. Escuchar a los Beatles es ya parte de la experiencia de formación básica de cualquier niño y adolescente. Ellos inventaron fórmulas que todos los artistas populares siguen replicando: los megarrecitales en vivo, los videos musicales y los discos conceptuales. La energía incandescente de los Beatles es un fantasma inspirador para cualquier músico. Ellos catalizaron el modo como la juventud consume, al mismo tiempo, pop y sueños, integración y rebeldía, eternidad e instantes. La obra de los Beatles es el inconciente musical colectivo, la metáfora sónica global de ese momento en que creemos que nuestra juventud durará para siempre. Los Beatles, dice Elvis Costello, dejaron de tocar porque sus canciones ya no eran de ellos: son de todos.