7 de enero de 2016

La música de mi padre

Trabajo parte del tiempo en mi casa. Después de los cuarenta, lenta y progresivamente, empezaron a aflorar realidades antes ignoradas: problemas de visión, dolores en la espalda y cierta intolerancia auditiva. Una amiga me contó que esto último tiene un nombre: misofonía; la Wikipedia en inglés dice al respecto: “Literalmente, ‘odio al sonido’. Es un trastorno de diagnóstico poco habitual, de origen aparentemente neurológico, que hace que ciertos sonidos específicos disparen emociones negativas (ira, odio, repugnancia, reacción de huida).”
Mis hijos adolescentes empiezan a intercambiar sus horarios con los míos, y aparecen o desaparecen a distintas horas del día y de la noche; con ellos, vienen los sonidos que toda persona, inevitablemente, produce: estornudos, cadenas de inodoros al sonar, subida o bajada de escaleras, televisión, licuadora, música… Mi hijo León tiene quince años; toca la guitarra desde los ocho y hace un año y pico empezó a tocar el violín y a fanatizarse con la música clásica. Es un aficionado al silbido de melodías y un día, hace unas semanas, empezó a tararear una ópera con voz de tenor. La música tiene esa magia: automáticamente, me transporté a fines de los años setenta. La misma voz --una voz genéticamente muy parecida: la de mi padre-- tarareaba arias los fines de semana, mientras se afeitaba o se bañaba. La ópera era la música de mi padre. Yo la recibí por ósmosis; esa parte de la cultura occidental quedó en mí apenas como una pátina. Pero aterrizó en el corazón, el oído y las cuerdas vocales de León, el violinista.
Este año, mi padre sacó dos cazuelas para la temporada del Colón, y abuelo y nieto fueron juntos a ver todas las óperas que se presentaron en el año. Un viernes caluroso de diciembre encararon la última de la serie: Parsifal, “ese intento de asesinato de la ética”, según Nietzsche. La historia de esta búsqueda del Santo Grial es verdaderamente wagneriana: dura más de cinco horas. León se fue a las ocho de la noche (vivimos a tres cuadras del Colón) y lo oí volver entre sueños, a las tres de la mañana, después de cumplir con el ritual de cenar en Edelweiss con su abuelo. Mi amigo el escritor Pedro Mairal dice que hay dos tipos de familias: las teatrales y las telépatas. “La familia teatral es la más expresiva; todo sale para afuera y la gente se grita las cosas en la cara. Son familias de estilo italiano, en las que los hermanos pueden tirarse las sillas por la cabeza y al rato estar abrazados riéndose. Los conflictos salen a la luz, se ventilan en la mesa, hay confrontaciones, se levanta la voz, todo sucede más rápido, porque la energía se libera, el conflicto se vuelve materia actuada para todos los presentes. La familia telepática, en cambio, es para adentro, más de drama psicológico, de angustia larga y silenciosa. En este tipo de familia no se pierde nunca la cordialidad básica, y toda emoción se terceriza.” Mi familia es claramente más del tipo telépata. Pero, intentando imaginar ese diálogo entre mi padre y mi hijo un viernes a la noche --ese pase de postas intergeneracional--, se me aparece mucho más fluido que si uno de los protagonistas hubiese sido yo. Libres de luchas freudianas, habrán hablado de política (con empatía a pesar de que simpatizaron distinto en el ballotage), de Rosario Central (fútbol y política: las novelas de aventuras de los hombres argentinos) y de las regularidades, los hitos que marcan el paso de los días: fin de año escolar, vacaciones, mudanza de mis padres. Y habrán hablado, por supuesto, del género musical al que aman. En el último acto de Parsifal, uno de los personajes, muy operísticamente, le pide a su padre muerto que lo libre de sus sufrimientos y dice que le gustaría morir e irse con él.
Esa noche, volví a leer este párrafo de Niveles de vida, el libro del inglés Julian Barnes sobre su viudez: “Durante la mayor parte de mi vida, la ópera había sido para mí una de las formas de arte más incomprensibles. Pero esa noche entendí que su función es llevar a los personajes lo más rápidamente hasta el punto en que pueden cantar sus emociones profundas. La ópera --igual que la muerte-- va al grano. Ahora, me atrapaba este arte en el cual la norma era la emoción violenta, abrumadora, histérica y destructiva; un arte que busca, mucho más obviamente que cualquier otra forma artística, romperte el corazón.” Mientras mis ojos se cerraban, pensé que la literatura, una vez más, me había ayudado a entender la vida: a mi padre, a mi hijo, al nexo que los une, esa música grandiosa que me es ajena, donde reina la emoción.

Publicado en la revista Brando, número de enero de 2016.

2 comentarios:

m dijo...

me gustó :o)

jose luis dijo...

¡Muy bueno. Tu padre es un buen ejemplo para vos!
José Luis