26 de julio de 2012

La construcción de un mito (Pablo Perantuono)


Pablo Perantuono entrevistó en Nueva York al Indio Solari. El texto saldrá en agosto en la revista Orsai. Acá, Perantuono se pregunta quién es Solari, máximo hechicero de los hijos del desempleo suburbano.

En diciembre de 2003, fui a un taller de periodismo literario que dictaba la Fundación García Márquez en Cartagena, Colombia. Viajamos unos 15 periodistas de casi todos los países de América Latina. El primer día, el taller arrancó con timidez, cargado de la solemnidad habitual que tienen, al principio, ese tipo de encuentros. Quizás para combatir esa incómoda formalidad, a la segunda noche un puñado de talleristas fuimos a hacer aquello que es lo más recomendable para amalgamar un grupo: embriagarse. Saltamos a las calles de Cartagena y rápidamente nos transformamos en una pandilla festiva y abigarrada: había chilenos, colombianos, venezolanos, brasileños, bolivianos, cubanos, peruanos, paraguayos. Encontramos un buen bar, nos sentamos. Llegó la primera ronda. Entre diálogos cruzados, risas y definiciones desmesuradas, después de la segunda cerveza a alguien se le ocurrió proponer que cada uno entonara alguna canción emblemática de su vida, temas que formaran parte del soundtrack de su existencia. Le hicimos caso y los más chispeantes arrancaron. Cuando empecé a escuchar me quedé pasmado. Para mi sorpresa, varios de mis compañeros —no me acuerdo cuántos, pero sí la mayoría— cantaron hits de grupos argentinos. Me shockeó, además, la pasión con la que lo hicieron. Quise saber más, aunque el nivel de griterío y euforia desatada hacía difícil la comunicación. Como pude, les pregunté cuánto conocían y descubrí que casi todos sabían de memoria temas de Soda Stéreo, por supuesto, pero también de Los Enanitos Verdes, de Charly García, de Los Fabulosos Cadillacs, de Vilma Palma y hasta de Piero. Cuando me tocó cantar a mí —venciendo mi resistencia, ya que sabía que iba a someter a esa audiencia a tres minutos de calamidad— dudé entre “Bajan”, de Luis Alberto Spinetta, y “Un ángel para tu soledad”, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Me incliné por esta última, aunque, por respeto a la civilización occidental, decidí acortarla. Cuando terminé, me miraron como si hubiese cantado en ruso. Nadie de la mesa —todos periodistas y escritores— sabía quién cuernos eran los Redondos. O sea, todos eran expertos en rock argentino, todos habían crecido con sus canciones y habían colgado sus posters en sus paredes adolescentes, pero nadie conocía a la banda más convocante de la historia, un grupo que trascendió las fronteras de lo musical para transformarse en un fenómeno social —por cantidad de fans, simbología e influencia socio-cultural— sin precedentes en toda América Latina.
Esta es la historia del líder de esa banda. El hacedor de esas canciones que nadie había escuchado pero que a partir de entonces todos quisieron conocer.  

El primer acierto fue el nombre, un apelativo más cercano al sarcasmo o a la hilaridad que a la ambición épica o poética de los nombres del rocanrol: Patricio Rey y sus redonditos de Ricota. El segundo —o el tercero o el quinto, ya no importa— fue decir que Patricio Rey existía —cuando no existía— y, ambiguamente, definirlo como un fugitivo de mirada omnisciente. El siguiente —tal vez el primero, quién sabe— fue declarar la independencia de gestión: en la patria ricotera había leyes propias y en su bandera estaba escrita la palabra libertad. De conciencia y de contratación.
Después estaban ellos, claro.  Irrumpía en escena —en la efervescente y caótica escena de la primavera democrática argentina, 1983/4—, un grupo de rock liderado por un cantante semicalvo de 35 años que deslizaba un argot ilustrado y solemne, que abrigaba convicciones firmes y que era el frontman de una banda que se tomaba en serio su placer: querían hacer negocio con él y no compartir la plusvalía con nadie.
De inmediato aparecieron los malos entendidos, que ellos dejaron rodar. Lo sabemos: algo que no es refutado difícilmente no se consagre como verdad. Entonces los Redondos eran muy zurdos. Entonces los Redondos eran puros e independientes porque despreciaban la idea de firmar un contrato con una discográfica multinacional (lo que les impediría, también, salir de gira por Latinoamérica). Entonces no tocaban en el estadio Obras porque tocar en Obras —la catedral del rock en los ochenta— era sucumbir ante el mercado. Entonces los Redondos no iban a la televisión porque eran tan mágicamente coherentes y antisistémicos —y la televisión es la meca de la industria del entretenimiento— que no querían, ni siquiera por un instante, ser un producto que es consumido por alguien que mientras lo mira se come una milanesa. Entonces detrás de cada una de las enigmáticas y seductoras letras de Solari palpitaba un alarido revolucionario o un alegato en favor de la cocaína. O estaban tan en contra de que el rock se convirtiese en un objeto de satisfacción burguesa que, a diferencia de las bandas emergentes de esa época como Soda Stéreo o Virus —construidas a base de pop, purpurina y televisión—, nada en sus vestimentas o en su gestualidad poco afectada hacía suponer que querían ser rock stars.
Todo eso tuvo su parte de verdad y su porción —tal vez más grande— de exageración o imaginería. Como sea, sirvió para construir una mitología alrededor del grupo.  Esa mitología era alimentada por lo poco que se dejaban hurgar. Aparecían cada seis meses para tocar en salas medianas —ofrecían una suerte de performance con bailarinas, explosiones y papel picado— y daban contados reportajes. Además, irrumpían en escena y no decían nada: el Indio no hablaba, sólo hablaban sus canciones. Y sus canciones, claro, prolongaban la elipsis del misterio, porque eran letras cargadas de una lírica expresionista que carecían de un sentido coloquial y definitivo. “Flacas gimnastas de América/Secas, austeras soviéticas/muchachitas fatales, en blancos zoquetes chinos/ Son todas joyas, patricias de amor” (Música para pastillas) ¿De qué habla este tipo? ¿De la guerra fría? ¿De un amor trunco? ¿De nadie en particular y simplemente elucubró oraciones pegadizas que maridaron gloriosamente con las melodías?
Para 1986, los seguidores de los Redondos conformaban una cofradía iluminada orgullosa de compartir el mejor secreto del rock argentino. Presenciar sus recitales empezaba a ser una aventura, una experiencia que sacudía los sentidos.  Esto decía un comentario de un show de la época, aparecido en la revista Humor: “Cumpliendo el rito, gente extrañamente conocida fue acomodándose casi en silencio, sin griteríos ni imprecaciones mientras sonaba la obertura 1812 de Tchaikovsky; gente joven de sobretodos oscuros y largos, gente treintañera sospechosamente calificable de normal, y personajes mucho más maduros camuflados entre las columnas del fondo”.
Es entonces cuando comienza a pergeñarse la gran transformación, el quiebre definitivo que transforma a los Redondos. Pasa de de ser una banda con dos mil seguidores a una banda de estadios, superlativa, de proyección ilimitada. Entre el tercer y el cuarto disco, las masas abrazan su música, la hacen piel y convierten al grupo en el más convocante del rock argentino. En esa transformación brutal late un misterio similar al que rodea a la banda: ¿por qué un grupo con letras complejas y pocos hits radiales, bendecido por la crítica y que hasta entonces era seguido por representantes de la clase media urbana, se vuelve objeto de adoración de los hijos del desempleo suburbano? ¿Por qué miles y miles de adolescentes y jóvenes de clases marginales, habitantes proletarios de barrios sin progreso y porvenir, se aferran a la música que hacen estos señores veinte años más grandes y ciudadanos históricos del confort? ¿Por qué Solari emerge como el portador del último sermón de la montaña para una multitud desbordante de hormonas y frustración?
Algo de ese compositor, dueño de un cerebro hiperalerta que con un ojo registra la sordidez de la vida callejera de Buenos Aires y con el otro escruta en los pliegues menos virtuosos del capitalismo global, resulta irresistible. La obra solariana, una síntesis que viaja transportada sobre una corriente de anfetaminas y compases trepidantes, pulsa una cuerda profunda en la psiquis y en las terminales nerviosas de esos chicos. Hay un dolor colectivo atávico que la voz y la poesía de Solari, acaso sin proponérselo, acaso sin que exista una explicación racional de ese fenómeno, logra atemperar. Como dice otra canción: “¿Puede alguien decirme ‘me voy a comer tu dolor?’”. Su público parece decir: Solari sabe de lo que habla, hay que seguirlo. En un mundo adulto en el que las claudicaciones aparecen en las tapas de los diarios y en el que las batallas por la producción de sentido ya no son libradas sino padecidas, enormes bolsones de adolescentes con pocas oportunidades elevan al Indio, al esclarecido artista que llegó al cenit sin someterse a las reglas del sistema, a la categoría de ídolo, el depositario de un amor incuestionable e incondicional. La muchedumbre se acerca a los recitales y desata una orgía de baile, drogas y canciones coreadas. Allí, el placer funciona como un aliviador de tensión: una ceremonia que se espera meses, que dura un día —el viaje y la espera también se disfrutan—, que se saborea por semanas y que se recuerda años. Son fiestas paganas en las que el público se entrega por completo, en la que el público termina la obra.
Tan profundo era ese amor, que cuando Los Redondos se separaron en el 2001, después de vender más de un millón de discos, de reventar estadios de fútbol, de editar nueve álbumes y de que muchas de sus letras devinieran eslogans y se convirtieran en epígrafes de fotos y en títulos de suplementos y revistas —“El futuro ya llegó”, por ejemplo, o “A brillar mi amor —,  fue Solari quien se quedó con la parte del león del cariño del público. Mientras que el guitarrista Skay Beilison, la otra pata compositiva de la banda, apenas lograba llenar teatros en sus presentaciones como solista, Solari siguió convocando multitudes. Había sido la voz, la imagen y, evidentemente, el gran responsable del estallido emocional que provocaba la banda: el máximo hechicero de los sueños de su gente.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

si pero skay puede caminar por la calle

Rosario Sanchez dijo...

Me gusta que se reconozca aquello de "hijos del confort".
No me gusta aquello que le oí decir más o menos en estas palabras: "En Nueva York puedo caminar tranquilo". Solo eso.

Lihuencita ♥ dijo...

La alegría por la que mi mundo gira//PR

SGU dijo...

La fobia del indio y la timidez de Skay, eso explica todos los malos entendidos (o las significaciones cristalizadas x la masa ricotera)
Abrazo de gol!

PASION REDONDA dijo...

DERRAPASTE MAL CON LA ULTIMA ESTROFA, NO ERA NECESARIO FALTARLE EL RESPETO A SKAY BEILINSON PARA EXPLICARLES A LOS LECTORES EXTRANJEROS QUIEN ERA EL INDIO Y/O LOS REDONDITOS DE RICOTA, TE FUISTE DE MAMBO FLACO!
PATRICIO SIGUE SIENDO EL REY... VOS SABRÁS XQ TE LO DIGO.

Anónimo dijo...

AGUANTE SKAY !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! NO HACE FALTA LO QUE DIGA EL PAVO ESTE,SKAY TE LLENA EL CORAZON

Anónimo dijo...

el arte de escribir sin decir abslutamente nada

Anónimo dijo...

aprenderá a cantar alguna vez, este muchacho solari?