Contra la poesía: Punctum
(Publicada en Perfil, 25 de septiembre de 2011)
Como quien se acuerda de dónde estaba el día en que mataron a Kennedy o la mañana en que cayeron las Torres Gemelas, yo me acuerdo muy bien dónde y cuándo leí por primera vez algunos fragmentos de Punctum. Fue una tarde del otoño de 1995, sentado en un banco de la Facultad de Filosofía y Letras, a comienzos de la cursada de Literatura del Siglo XVIII. Yo tenía 22 años y pasaba las horas en ese templo de falsos profetas del marxismo y el posestructuralismo, religiones tan descabelladas como aquella a la que razonablemente había renunciado no hacía mucho. Tardé bastante tiempo en darme cuenta de que lo mejor que podía hacer con lo aprendido en esa facultad era olvidarlo.
Devoré la página tamaño tabloide del número 33 del Diario de Poesía que contenía una muestra del trabajo de Martín Gambarotta que -se anunciaba en ese número- había ganado el primer premio del concurso de poesía organizado por la revista. Es difícil encontrar un sustantivo y un adjetivo para describir lo que me produjo esa primera lectura de Punctum. Sentí algo parecido a lo que había sentido en la adolescencia al leer a Kafka o algunas cosas de Borges: que me hablaban a mí, que sus textos eran manuales para orientarse en eso desconcertante y fascinante que son las cosas del mundo para alguien que atraviesa la etapa del crecimiento.
Pero Borges o Kafka ya estaban absorbidos por los administradores de la cultura, ya estaban sobreleídos y sobrelegislados. Punctum era un texto nuevo, caliente, un texto que hablaba del presente, de mi presente. Había sido escrito por un chico nacido sólo cuatro años antes que yo, uno que estaba atravesado por coordenadas sociales y epocales similares a las mías, que había escrito, lo supe esa primera vez, un texto grandioso, que tenía un estilo, que había reinventado el género. Esoera la poesía, por fin.
*
Un año después, el poema fue editado en forma completa por Libros de Tierra Firme. Debo ser la persona que más veces leyó Punctum, pero todavía me cuesta explicar en qué consiste. Mi mente, como los personajes que circulan por el libro, es un poco bovina. Creo, en realidad, que a la literatura no hay que explicarla; la crítica es un negocio de las almas bellas.
Así leí Punctum en su momento: como un manifiesto contra la teoría, contra las buenas intenciones, contra la izquierda autocomplaciente, un retrato social cáustico formulado con un lenguaje novedoso.
Damián Selci y Nicolás Vilela, dos escribas que suelen cometer aciertos a pesar de reivindicarse como jóvenes, críticos y marxistas, resumen con una buena síntesis la fórmula de Gambarotta: Pound, punk y Montoneros.
El padre de Gambarotta, me enteré más tarde, había sido militante montonero y era funcionario del gobierno nacional cuando el libro fue escrito. (Ambas cosas había sido y era mi padre; supongo que eso incidió en la pasión de mi lectura.). La familia se exilió en Inglaterra durante la dictadura, y el futuro autor de Punctum pasó parte de su niñez y preadolescencia en la Londres del punk y el descontento social. Con ese combio biográfico se armó la lengua radical del libro.
Punctum es, formalmente, un conjunto de 39 fragmentos con versos de extensión irregular. Por momentos, parece una novela descoyuntada, que muestra a sus personajes (Confuncio, Guasuncho, Gamboa) mirando series norteamericanas de televisión de los setenta en departamentos de Buenos Aires, esperando ómnibus en una terminal o jugando al ajedrez por correspondencia. Otros momentos son una sucesión de imágenes y aforismos situacionales (“El abogado que mataron metiéndole / un palo en el culo. /.../ La cabecera oxidada / de una cama de hospital / en el basural. / … / O no pasa nada o no entiendo / lo que pasa. / … / En el mismo lugar velocímetros rotos.”) Hay pequeños monólogos; algunos de ellos recurren al humor a través de la anacronía política, como ese en el que alguien cuenta que tienen a un Capitán de Navío en un departamento y se disponen a fusilarlo: “Pero al darlo vuelta me di cuenta / que no era el Capitán de Navío / sino uno de esos jóvenes narradores actuales / con uniforme de la Marina. / Lo reconocí / porque todavía tenía la misma sonrisa fija que aparece / en la solapa de sus más recientes nouvelles.”
El narrador de Punctum tiene siempre una disposición obsesiva, parece no descansar nunca en su recuento de las cosas que piensa y que ve. Es un narrador que vive en estado de guerra. El encabalgamiento (corte del verso en medio de la unidad sintáctica: “Una pieza / donde el espacio del techo es igual / al del piso que a su vez es igual”), la aliteración, la rima interna, el uso de la segunda persona, las oraciones nominales y la enumeración caótica son los procedimientos retóricos, marcas de la operación Gambarotta, mediante los cuales se construye su mirada distópica, degradada y descreída sobre la ciudad.
*
Punctum fue, al mismo tiempo, el primer documento literario de un hijo de la experiencia de la guerrilla urbana y probablemente la obra que con mayor pericia tradujo al castellano rioplatense (“tu castellano punk”, dice el narrador en algún momento) los aciertos imaginistas de la poesía norteamericana, esa que vía Pound ponía el acento en los “detalles luminosos”.
La potencia expresiva del libro superaba en aquel momento, al menos en mi lectura subjetiva, la de su género: la experiencia de leer Punctum en aquel momento fue asimilable a la de escuchar un disco de rock, esa otra manifestación del entusiasmo cultural y político juvenil de los baby boomers que para entonces ya estaba muerta. Alguien debería leer también Punctum al lado de Vivir afuera, la novela publicada en 1998 por Fogwill, a quien no casualmente dedica Gambarotta esta reedición conjunta de Vox y Mansalva. Aun con su énfasis en el aspecto sonoro del lenguaje, propio de la poesía, el impulso prosaico de Punctum es tan arrollador que es posible leerlo como una novela.
Inevitable mencionarlo: Punctum, vanguardista en política y en literatura, fue la prefiguración del Billiken montonero que escribirían Caparrós y Anguita en La voluntad, y luego la neomilitancia de estos años. El acting montonero de Gambarotta es una prefiguración refinada del acting psicológico que llevó a los hijos reales o imaginarios del delirio armado setentista a vivir su aventura montonera bajo la forma del apoyo entusiasta al asalto al Estado en curso por parte de una burguesía provincial. Esto no le quita ni le agrega méritos a Punctum, aunque algunos creen que se los agrega.
La contratapa anónima de esta reedición, que colegimos, disculpas si erróneamente, es de autoría del optimismo sucio de Alejandro Rubio, termina adjudicándole al libro un rol profético: “[Punctum aguantó su anacronismo] enraizándose en una tradición de escritores e ideólogos que discuten a los gritos entre sí, pero están de acuerdo en una cosa, en que emerja, como un cuerpo fondeado en el Río de la Plata, el fundamento del orden liberal: la masacre de los disidentes.” En algún momento, los textos revulsivos son asimilados por la cultura y pierden su carácter de tales. Punctum, en mi opinión, siigue siéndolo, salvo que se lo piense como parte del catálogo de la imaginaria y autocomplaciente resistencia del establishment intelectual a tal o cual doctrina política.
Pero Borges o Kafka ya estaban absorbidos por los administradores de la cultura, ya estaban sobreleídos y sobrelegislados. Punctum era un texto nuevo, caliente, un texto que hablaba del presente, de mi presente. Había sido escrito por un chico nacido sólo cuatro años antes que yo, uno que estaba atravesado por coordenadas sociales y epocales similares a las mías, que había escrito, lo supe esa primera vez, un texto grandioso, que tenía un estilo, que había reinventado el género. Esoera la poesía, por fin.
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Un año después, el poema fue editado en forma completa por Libros de Tierra Firme. Debo ser la persona que más veces leyó Punctum, pero todavía me cuesta explicar en qué consiste. Mi mente, como los personajes que circulan por el libro, es un poco bovina. Creo, en realidad, que a la literatura no hay que explicarla; la crítica es un negocio de las almas bellas.
Así leí Punctum en su momento: como un manifiesto contra la teoría, contra las buenas intenciones, contra la izquierda autocomplaciente, un retrato social cáustico formulado con un lenguaje novedoso.
Damián Selci y Nicolás Vilela, dos escribas que suelen cometer aciertos a pesar de reivindicarse como jóvenes, críticos y marxistas, resumen con una buena síntesis la fórmula de Gambarotta: Pound, punk y Montoneros.
El padre de Gambarotta, me enteré más tarde, había sido militante montonero y era funcionario del gobierno nacional cuando el libro fue escrito. (Ambas cosas había sido y era mi padre; supongo que eso incidió en la pasión de mi lectura.). La familia se exilió en Inglaterra durante la dictadura, y el futuro autor de Punctum pasó parte de su niñez y preadolescencia en la Londres del punk y el descontento social. Con ese combio biográfico se armó la lengua radical del libro.
Punctum es, formalmente, un conjunto de 39 fragmentos con versos de extensión irregular. Por momentos, parece una novela descoyuntada, que muestra a sus personajes (Confuncio, Guasuncho, Gamboa) mirando series norteamericanas de televisión de los setenta en departamentos de Buenos Aires, esperando ómnibus en una terminal o jugando al ajedrez por correspondencia. Otros momentos son una sucesión de imágenes y aforismos situacionales (“El abogado que mataron metiéndole / un palo en el culo. /.../ La cabecera oxidada / de una cama de hospital / en el basural. / … / O no pasa nada o no entiendo / lo que pasa. / … / En el mismo lugar velocímetros rotos.”) Hay pequeños monólogos; algunos de ellos recurren al humor a través de la anacronía política, como ese en el que alguien cuenta que tienen a un Capitán de Navío en un departamento y se disponen a fusilarlo: “Pero al darlo vuelta me di cuenta / que no era el Capitán de Navío / sino uno de esos jóvenes narradores actuales / con uniforme de la Marina. / Lo reconocí / porque todavía tenía la misma sonrisa fija que aparece / en la solapa de sus más recientes nouvelles.”
El narrador de Punctum tiene siempre una disposición obsesiva, parece no descansar nunca en su recuento de las cosas que piensa y que ve. Es un narrador que vive en estado de guerra. El encabalgamiento (corte del verso en medio de la unidad sintáctica: “Una pieza / donde el espacio del techo es igual / al del piso que a su vez es igual”), la aliteración, la rima interna, el uso de la segunda persona, las oraciones nominales y la enumeración caótica son los procedimientos retóricos, marcas de la operación Gambarotta, mediante los cuales se construye su mirada distópica, degradada y descreída sobre la ciudad.
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Punctum fue, al mismo tiempo, el primer documento literario de un hijo de la experiencia de la guerrilla urbana y probablemente la obra que con mayor pericia tradujo al castellano rioplatense (“tu castellano punk”, dice el narrador en algún momento) los aciertos imaginistas de la poesía norteamericana, esa que vía Pound ponía el acento en los “detalles luminosos”.
La potencia expresiva del libro superaba en aquel momento, al menos en mi lectura subjetiva, la de su género: la experiencia de leer Punctum en aquel momento fue asimilable a la de escuchar un disco de rock, esa otra manifestación del entusiasmo cultural y político juvenil de los baby boomers que para entonces ya estaba muerta. Alguien debería leer también Punctum al lado de Vivir afuera, la novela publicada en 1998 por Fogwill, a quien no casualmente dedica Gambarotta esta reedición conjunta de Vox y Mansalva. Aun con su énfasis en el aspecto sonoro del lenguaje, propio de la poesía, el impulso prosaico de Punctum es tan arrollador que es posible leerlo como una novela.
Inevitable mencionarlo: Punctum, vanguardista en política y en literatura, fue la prefiguración del Billiken montonero que escribirían Caparrós y Anguita en La voluntad, y luego la neomilitancia de estos años. El acting montonero de Gambarotta es una prefiguración refinada del acting psicológico que llevó a los hijos reales o imaginarios del delirio armado setentista a vivir su aventura montonera bajo la forma del apoyo entusiasta al asalto al Estado en curso por parte de una burguesía provincial. Esto no le quita ni le agrega méritos a Punctum, aunque algunos creen que se los agrega.
La contratapa anónima de esta reedición, que colegimos, disculpas si erróneamente, es de autoría del optimismo sucio de Alejandro Rubio, termina adjudicándole al libro un rol profético: “[Punctum aguantó su anacronismo] enraizándose en una tradición de escritores e ideólogos que discuten a los gritos entre sí, pero están de acuerdo en una cosa, en que emerja, como un cuerpo fondeado en el Río de la Plata, el fundamento del orden liberal: la masacre de los disidentes.” En algún momento, los textos revulsivos son asimilados por la cultura y pierden su carácter de tales. Punctum, en mi opinión, siigue siéndolo, salvo que se lo piense como parte del catálogo de la imaginaria y autocomplaciente resistencia del establishment intelectual a tal o cual doctrina política.
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