2 de octubre de 2006

El Frente Oriental

No, no fui al Carrefour, fui derecho por el Corredor del Bajo hasta una plaza gobernada esa tarde por la insidia de una lluvia gestáltica.
Dolores era rápida como las aguas de la crecida en lo más alto de las sierras. Su leyenda estaba cimentada en la escasez de un jumper azul casi inexistente, que tenía más bajas que la URSS en el Frente Oriental, y que a mediados de los 80 usó indistintamente para concurrir a todos los colegios de echados de la zona.
La primera descripción de sus virtudes la oí de lejos en un torneo de intercolegiales que organizaba una Universidad para Dummies, con el objetivo evidente de reclutar futuros administradores de cosas. Yo jugaba de 2 en la selección de fútbol (esa tarde, me acuerdo, salimos campeones con un gol preciso, de tiro libre, del mágico Dabowski). Los del fútbol, en realidad, no éramos los mejores atletas ni los más ganadores.
Los héroes del whisky de aquel colegio libertador eran los del rugby, que ganaban todas las finales por resultados inverosímiles: 78 a 3, 64 a o.
Yo estaba echado en el pasto de ese campo de deportes gigantesco que quedaba por la 202, atrás de Don Torcuato. Y escuchaba lo que hablaban los del rugby: no sé si fue el Negro Samber o Nacho el primero que contó la hazaña dulce que sobre su miembro erecto había llevado a cabo la lengua trotskista de Dolores.

Lo cierto es que en la previa del Domingo de Ramos y de la admonitio pascualis de Su Santidad el Papa Viajero yo también estaba en la fila. Esto era la fila, y esta es la única verdad: una fila de quinceañeros esperando que Dolores les tragara la leche, en el baño de hombres de un Pumper de la calle Pellegrini.
En rigor, entonces, esa noche lo que hubo fue penetración oral. Dolores, una experta en el arte de caer, chupaba la pija con gracia admirabilis. Cuando acabé miré al cielo, que en este caso era el techo amarillo del Pumper. Trepado al inodoro del cubículo vecino, asomando por la medianera, había un mogólico, mirando todo.

Yo también soy un mogólico que se quedó clavado en el mismo lugar, mirando todo, mientras la gente a mi alrededor iba cambiando sus vidas. Este relato podría terminar como el de Holden Caufield, como un texto escrito en un loquero. En rigor, mi barrio es eso, un manicomio repleto de hijos inútiles que encontraron en una cierta clase de mogolismo pronunciado la única forma de sobrevivir.

8 comentarios:

sol dijo...

me gustó mucho. también me gustó el detalle de los colores del vaticano adornando el pumper.

ginés gonzález dijo...

Y me preguntas qué es poesía?! Ay, ay.

Anónimo dijo...

Es verdaderamente una necesidad la expresion autentica de situaciones que uno ha vivido. Y a veces no sabemos como contarlas. Veo en el texto la receta archiconocida de mezclar simbolos que para muchos pueden ser sacros, odiados o respetable para otros,- pero con un contenido artistico-historico-social-politico y lo que se te ocurra- , con una audacia tambien valida de compararlo con el techo de otro simbolo de baja estofa: el techo del Pamper, bajo al cual tambien pasan cosas.
Y con eso seguro tenes una historia inquietante. Papas, papas fritas, sexo, puterio, necesidades, inocencia, crueldad mezclado en un recuerdo adolecente.
Si, esto sirve de ensayo, podes llegar a un best seller

Anónimo dijo...

espectacular!!!

igualmente yo ya tengo la idea para hacerme rico
colegios moishes con jumper para las chicas!

ya esta la regalo al pueblo

mientras me dedico a buscar la vaca que de leche chocolatada

diria hasta la victoria siempre

pero soy u pequerño burgues asi que es hasta victoria secret jaja

niñacriolla dijo...

lo mejor: la lengua trotskista de Dolores

Anónimo dijo...

repleto de hijos inútiles que encontraron en una cierta clase de mogolismo pronunciado la única forma de sobrevivir... SE NOTA!!!

Homo surfus dijo...

Yo quiero hacer fila!

blogworkorange dijo...

En rigor, mi barrio es eso, un manicomio repleto de hijos inútiles, qué ápero.